El hombre es grande, calvo y se acerca despacio, como un camión. Lleva en las manos una escopeta de caza vieja. La gente del pueblo les hace un corro.

—Tú eres el hijoputa.

—Ese, ese es— la mano de Marina señala. El rifle apunta acusador.

Luís mira de reojo a Lorenzo, que se ha levantado de la silla y se aleja poco a poco hacia atrás. Un muro de hombres se levanta entre ellos y la puerta; tienen las manos grandes y secas, camisetas raídas, sujetan latas de cerveza. Sólo queda mirar al matón a los ojos y negarlo todo:

—Oiga, que yo no soy. Yo que voy a ser.

Pero ya tiene frente a su cara el cañón levantado. El alcohol le hace no sentir miedo, tan sólo nota una urgencia sorda que surge de algún lugar bajo el estómago. El hombre calvo baja la escopeta y le apunta ala entrepierna, donde Luís, del miedo, del bourbon, exhibe una erección tremenda. El hombre apoya allí la escopeta, el dedo relajado en el gatillo: lo ha hecho más veces.

—Tú. Bájate los pantalones.

—Oiga, que yo no he hecho nada —aunque su voz es un susurro apenas creíble.

—Mi hermana dijo que el hijoputa tenía un lunar en la polla —la escopeta sube a la altura del cinturón, el cañón se refleja en la hebilla bruñida— vamos a ver tu lunar.


—Secuestro de una menor, conducción temeraria y desacato a la autoridad… ¡por sólo mil quinientos euros! Es una fianza ridícula, Luís, y bien sabes que no es la primera que pago por ti. Vamos a celebrarlo vaciando la bodega de ese maldito hostal que hay frente al taller, antes de que los paletos que están destrozando tu coche acaben con todas las existencias. Hoy dormiremos aquí y mañana, cuando te devuelvan el descapotable, iremos a reunirnos con Marina.
—¿Qué le has dicho, Lorenzo?
—Sólo lo que tú me pediste. Un camión te sacó de la carretera y necesitabas dinero para la reparación. Si es silencio lo que quieres, has llamado al número apropiado. No pienses más en eso y vamos a quemar este pueblucho de mierda. Por cierto, ¿te la tiraste?

Luís apretó tanto el puño dentro de la chaqueta que las uñas le marcaron cuatro gritos encarnados en la palma de la mano. Luego te mataré —pensó—, antes me apetece ahogar en bourbon esta sarta de miserias.

De los trescientos escasos habitantes que malvivían en ese pueblo sin nombre, más de la mitad abarrotaban a medianoche la cafetería del hostal, transformada por el humo y los neones en un antro surrealista, a caballo entre los delirios de Almodóvar y Tarantino. Seis copas ha tomado Luís, casi seguidas, antes de lanzar la pregunta fatal, antes del enfrentamiento del que ambos saldrán derrotados, humillados, vivos en el mejor de los casos. Pero una vez más habrá de esperar, interrumpida por un grito salido de las entrañas de la pista.

—¿Quién es el hijoputa que se ha querido tirar a mi hermana? —la música se detiene de repente y doscientos ojos apuntan hacia el final de la barra.

Marisa, o Ana o comoquiera que se llamase aquella lolita buscaproblemas, señala hacia Luís con un brazo extendido y el otro anclado a la cintura de un matón, una mole de casi dos metros y los hombros bruñidos a tatuajes.


El sonido largo y grave del klaxon del camión desapareció tan bruscamente como había surgido y los potentes faros pronto se hicieron invisibles tras la lluvia que seguía cayendo a mares. Luis no veía nada, sólo el agua que le caía por la frente. Tenía que encontrar su coche, llegar al hotel y encararse con Marina y Lorenzo. Montar una buena escena, darle un par de puñetazos a ese cabrón y poner a su mujer en su sitio. Eso es lo que se esperaba de un marido despechado, ¿no? De pronto le pareció una escena de una película mala de sobremesa y le flaquearon las fuerzas.

Caminaba abotargado por el arcén, completamente empapado e intentando en vano adivinar las huellas del frenado sobre el asfalto. ¿Dónde se había metido la camarera esa que se había largado con su coche? Todo esto parecía una pesadilla…

Al pasar la curva vio su coche varios metros fuera de la carretera, parado en medio del campo con los limpiaparabrisas agitándose a gran velocidad, como si quisieran pretender que allí no había pasado nada y que lo único importante era seguir limpiando de lluvia la luna delantera.

Cuando Luis llegó al lado del coche, la chica acababa de conseguir abrir la puerta con dificultad y se lanzó sobre él chillando que casi se mata. Le clavaba con fuerza las uñas en la espalda, abrazada a él sin dejar de gritar. Luis sentía cómo se pegaba a su ropa mojada el calor del pánico de la joven y se sorprendió de su excitación…

En ese momento oyeron una sirena que se acercaba hacia ellos. Era un coche patrulla de la Guardia Civil de Tráfico que salía de la carretera y se aproximaba a gran velocidad.


Se dirigió con paso decidido hacia el coche, pero al ver la cabina para caballeros, resolvió aliviarse.

Salió del baño agachado, cubriéndose de la lluvia, se encaminó al descapotable, ocupó el asiento del conductor y, mientras se ajustaba el cinturón de seguridad, pensó en la cara que pondría la chiquilla al advertir que se había marchado, claro que los cien euros le servirán de consuelo, se dijo.

Encendió el automotor y volvió a la carretera, la tormenta ahora arreciaba con más violencia, puso al máximo las escobillas y reflexionó en que todo lo que le había sucedido en esta noche había sido tan irreal.

¡Dios!, qué chiquilla tan tonta —balbuceó—, cambiar su nombre por el de Marina, y llevar la faldita tan corta que me hizo notar los zapatos, odiosos zapatos, y sus estupendas piernas largas. Se preguntó ¿qué tan bien bailará, será tan sensual como Marina, moverá sus caderas con ese ritmo erótico enloquecedor? Sintiéndose como un títere en manos de los vaivenes del destino, se lamentó: ¡Debí aceptar sus insinuaciones!

Sacudió su cabeza como para volver a la realidad y, amargado se dijo: ¿por qué diantre pienso así? Para contestarse de inmediato: —tampoco habría tenido estos pensamientos si no fuera por el cabrón de Lorenzo y la zorra de Marina, ¿qué estarán haciendo ahora, qué inventarán como excusa? Gesticuló, y con su mano derecha, limpió su frente como deseando borrar sus meditaciones. Su mente volvió a envolverse una vez más en una nebulosa que le impedía ver los acontecimientos con claridad.

Pisó una vez más con furia el acelerador, lo que hizo que el coche derrapara al entrar en una curva cerrada. Logró controlar el vehículo, gracias a su pericia, pero al mismo tiempo que el chirriar de las llantas, escuchó un grito agudo que provenía del asiento posterior, sus músculos se tensaron y una incómoda desazón le recorrió su cuerpo. Miró por el retrovisor y la vio,con indignación le increpó:

--¿Qué demonios, haces aquí, cómo lograste subir al coche?


Detuvo el coche en el aparcamiento de un bar de carretera, las persianas estaban bajadas, pero todavía quedaban algunas luces encendidas en el interior. Desde una de las ventanas podía ver a la muchacha que se ocupaba de que todo estuviera listo para el día siguiente. En otras circunstancias se hubiera marchado sin más, pero no tenía el cuerpo para remilgos, cerro el puño y golpeó el cristal, la chica se acercó y abrió la ventana.

— Necesito un café.
— Lo siento, está cerrado.
—He tenido un día horrible y estoy empapado. Pagaré lo que sea.

Una sonrisa en los labios de la muchacha indicó a Luis que las negociaciones habían llegado a buen término.

—Siéntate dónde quieras, ahora te traigo el café.

Luis arrastró una silla y tomó asiento, a través de la ventana abierta la lluvia se colaba en el interior del local, y tuvo que levantarse a cerrarla de nuevo, cuando regresó a la mesa el café y la muchacha lo esperaban.

—Mi nombre es Ana — dijo La chica.
—Yo soy Luis, gracias por el café.
—¿Te importa que me haya sentado aquí?
—Por supuesto que no —afirmó Luis contrariado.
—El café es muy bueno, lo hago yo misma, pero la gente de por aquí no sabe apreciarlo.

Luis bebió un sorbo de café y asintió.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Ana.
—No sé a qué te refieres.
—Sí lo sabes, antes has dicho algo de un día horrible.
—Es una larga historia.
—Tengo todo el tiempo del mundo, además me gustan las historias largas.
—No te gustaría escucharla, sólo son cosas que pasan.
—Sí me gustaría —dijo Ana cambiando el gesto— lo que pasa es que piensas que soy una chiquilla entrometida, y no te acuerdas que hace un momento estabas en la puerta helado de frío, suplicando para que te dejara entrar, estás aquí porque tengo buen corazón, la personas con buen corazón dejan que un extraño entre en un bar después de la hora de cierre, y si tuvieras buen corazón me contarías la historia por laga que sea, a lo mejor sólo eres un mentiroso, y te has inventado el cuento ese de el día horrible para tomarte un café.
—Es cierto, he tenido un día horrible, creo que mi mujer se ha liado con un cabronazo, eso es todo.
—Si yo tuviera un coche como el que tienes en el aparcamiento no me preocuparía por eso, lo he visto antes desde la ventana.
—El coche —rió Luis— no es mío, todo es de la puta empresa, el coche, la casa, hasta Marina ha sido de la puta empresa todos estos años, de esos jodidos congresos, y allí estaba Lorenzo acechando como un ave de presa, esperando el momento de arrebatarme a Marina. Espera tu momento, siempre llega, eso me decía, espera tu momento. Casi me muero de risa cuando me dijeron que pretendían convertirse en vendedores de zapatos, me ofrecieron una participación en el negocio, pero estoy hecho de otra pasta.
—¿A que te dedicas? —interrumpió Marina.
—Soy un fracasado, un dramaturgo fracasado. Los estrenos pagados con dinero de la empresa, las ediciones de mis obras pagadas por la empresa, todo en vano, dinero arrojado a un pozo. Pero allí estaba siempre Lorenzo para decirme que no me preocupara, que el público acabaría por entender mis obras, que llegaría mi momento, paciencia Luisito, paciencia. Después de cada fracaso descorchábamos botellas de cava, y Marina bailaba descalza. No te preocupes, vendemos zapatos, miles de zapatos, millones de zapatos, construiremos una mansión de zapatos para el artista. Me gustaba ver a Marina borracha, me gustaba que dijera esas cosas, pero hace tres años que no escribo.
—No te queda café.
—Es cierto.

Luis se quedó mirando la taza vacía, como si tratara de adivinar el futuro en el fondo.

—Mi jefe guarda el whisky bueno en un armario, sé dónde está la llave.

Luis no tuvo tiempo de responder, Ana se levantó y desapareció tras la barra. Regreso con el whisky, los vasos, y un recipiente repleto de hielo hasta el borde.

—Una vez estuve en el teatro, prefiero el cine, pero lo que te ha pasado se parece a la obra que vi.

Luis la miró como si la estuviera mirando por primera vez, los ojos grandes y negros, la nariz recta, la falda corta que dejaba al descubierto los muslos.

—Es curioso —dijo Luis.
—¿Qué es curioso? —sonrió Ana.
—Tus zapatos también son suyos. El mamón de Lorenzo me dijo, ya verás Luisito, este modelo será un éxito, y te lo digo yo, que sé de qué hablo.

Ana estiró la pierna y puso el pie sobre la rodilla de Luis.

—¿Te gustan?
Sí, mucho —respondió Luis.
—No creo una sola palabra de lo que dices, esa milonga de los zapatos y esa carita de pena que parece que se te vayan a saltar las lágrimas, yo digo que lo tenías todo planeado desde el principio.
—No digas estupideces, no tenía nada planeado.
—Sí lo tenías, una pobre chica sola en un lugar apartado. Por eso inventaste lo del día horrible, y lo de tu mujer, y lo de los zapatos, para embaucarme, para darme de beber hasta que esté completamente borracha.
—Te recuerdo que la idea del Whisky ha sido tuya. Además, ¿para qué iba a querer emborracharte?
—Para violarme, por supuesto. Aquí mismo, sobre esta mesa.
—Ya tengo suficientes problemas, ¿no crees?
—Supongo que sí. Algunas veces, mientras recojo todo esto, pienso que un hombre que conduce un bonito deportivo de color rojo se cuela en el bar y me viola sobre la mesa, o encima de la barra, o en la cámara frigorífica, después me lleva lejos en su bonito coche.
—¿Dónde te lleva?
—A París, ¿has estado en París?
—Sí, una vez acompañé a Marina a un viaje de negocios, vende zapatos a los franceses y a los alemanes, vende zapatos a todo el mundo, en realidad fue divertido, éramos jóvenes y Marina siempre tenía tiempo para mí. ¿Cuántos años tienes?
—Tengo veintitrés.
—Entonces yo debo de ser un anciano, la semana que viene cumplo cuarenta y cuatro.
—No eres un anciano, eres un hombre muy guapo, la verdad es que no tengo buen corazón, te abrí la puerta porque eres guapo y elegante, y porque conduces un deportivo de color rojo.
—Ya te dije que el coche no es mío.
—Eso no importa.

Ana acercó la silla y puso las dos piernas sobre las rodillas de Luis, en la calle la tormenta arreciaba y el viento golpeaba con fuerza las ventanas y la puerta metálica del establecimiento.

—No conocí a mi madre, y mi padre me daba unas palizas de muerte, el día que murió sólo sentí alivio, todos tenemos problemas. ¿Cómo te enteraste de lo de tu mujer?
—Una casualidad, conducía hacia aquí cuando he escuchado una conversación a través del teléfono móvil, se habían besado, y Marina pedía a Lorenzo que no me lo contara. Quién sabe cuántas veces se habrán besado, quién sabe cuántas mentiras me habrá contado Marina. Es natural, siempre juntos, siempre con la empresa en la boca, un día u otro tenía que pasar.
—Pobre Luis, se te llenan los ojos de melancolía cuando cuentas estas cosas, siempre me ha gustado la melancolía.
—Una curva, un bandazo, el sonsonete de un teléfono móvil, y de repente tienes la realidad delante de las narices, un matrimonio roto, las mentiras, las conveniencias. Es como abrir los ojos y mirar al sol de frente, un maldito fogonazo de los que de verdad te deslumbran.
—¿En qué has pensado?
—¿Cuándo?
—Después del bandazo.
—La verdad es que no demasiado, al principio estaba furioso, dispuesto a presentarme en el hotel y partirle la cara a ese chacal con plumas, a montarle una escena a Mariana en la recepción, luego he pensado que tal vez sería mejor lanzarme al vacío por cualquier despeñadero con mi deportivo de color rojo. He visto las luces y he parado a tomar un café.
—En la obra de teatro que vi todo parecía casual, pero al final, las casualidades no eran casualidades. Yo no creo en las casualidades, todo sucede siempre por algún motivo. Los zapatos, el beso, el fogonazo, la llamada de teléfono, las luces encendidas....
—¿Qué quieres decir? —interrumpió Luis.
—Que si me hubiera marchado a la hora de siempre no habrías visto las luces, que el teléfono podría haber sonado en cualquier otro momento, que podría haber elegido otros zapatos, pero elegí precisamente estos. Quiero decir que ellos podían pensar que se besaban por amor, o por cualquier otra cosa, lo que no sabían es que se besaban para que tú vieras el fogonazo, para que sintieras la necesidad de tomarte un café, de golpear con el puño mis cristales.
—Lo entiendo, el beso, el fogonazo, el teléfono, eran los eslabones de la cadena que inexorablemente había de conducirme hasta esta silla.

Marina se deslizó hasta que estuvo sentada sobre las rodillas de Luis y pasó los brazos por detrás de su cuello.

—Me he acercado tanto porque debo confesarte algo, te he mentido, mi nombre no es Ana.
—¿Cómo te llamas entonces? —preguntó Luis.
—Marina, mi nombre es Marina.
—No te creo —afirmó Luis enfadado.

Marina lo abrazo, y susurró a su oído una verdadera letanía, como si las palabras repetidas pudieran acercarse más a la verdad.

—Es cierto, es cierto, es cierto, es cierto, es cierto, es cierto, lo juro, lo juro, lo juro, lo juro, lo juro.............................
—No tenías motivos para mentir, ¿por qué lo hiciste?
—No sé, cuando te vi, tuve la sensación de que no te gustaría escuchar ese nombre, pensé que era mejor llamarse Ana.

Marina abandonó el regazo de Luis, y volvió a sonreír.

—Esta tarde he comprado un vestido, eres un tipo elegante, y seguro que tienes un gusto excelente para los vestidos, espera aquí, ahora vuelvo.

Marina se alejó unos pasos.

—Luis, me gustaría pasear por Montmartre de la mano de un dramaturgo fracasado, ¿te gustaría llevarme a París? —dijo Marina—. Después desapareció tras la puerta.

Luis se quedó solo en el local vacío, el viento y el agua de lluvia golpeaban las ventanas, y el estruendo de un relámpago se escuchó en el aparcamiento. Fantaseó con la idea de otra Marina, de un nuevo viaje a París, imaginó a la muchacha, que un minuto antes estaba sentada en sus rodillas, desnuda sobre la cama en una las habitaciones del hotel Ritz. Cerró los ojos y vio los de la nueva Marina, sus labios, sus piernas, la piel aceitunada, los zapatos de tacón alto modelo Garibaldi. Podía largarse a Paris o a cualquier otra parte y disfrutar de un cuerpo que parecía concebido para el pecado, conocía las claves de los depósitos bancarios en Suiza, después de tantos años merecía una buena indemnización y sólo tenía que coger el dinero. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que lo del vestido había sido una excusa, un pretexto para dejarlo solo, para darle la oportunidad de escapar. No podía desaparecer por las buenas llevándose un dinero que no le pertenecía. No tenía nada, un matrimonio en crisis, una conversación que nunca debió escuchar, y un fogonazo, nada que justificara una locura como esa. Bastaría con pedir explicaciones, posiblemente había sacado las cosas de quicio, tal vez se trataba de un malentendido. También estaba ella, la antigua Marina, una mujer preciosa y confortable, definitivamente no tenía edad para recorrer el mundo del brazo de una muchachita de la que nada sabía, posiblemente sólo era una chica alocada dispuesta a largarse con el primer tipo apuesto que condujera un deportivo de color rojo. Esa historia de las casualidades estaba muy bien para el teatro o para una novelita de Corín Tellado, pero no dejaba de ser una verdadera estupidez, cosas que se dicen con un vaso de Whisky en la mano.
Luis escribió apresuradamente una nota en una servilleta de papel, dejó un billete de cien euros sobre la mesa y se encaminó hacia el aparcamiento.


El móvil sonó; era ella. Luis había escogido una melodía de Satie para las llamadas de Marina; en su momento le pareció un buen preludio para la dulce marea en que su voz grave lo sumergía. Sin apartar la vista de los claros que las escobillas conseguían a duras penas dibujar en el parabrisas buscó a tientas en la mochila que descansaba en el asiento de al lado. No estaba en su sitio, en el bolsillo exterior, con las prisas debía de haberlo echado dentro. La mano derecha buceaba entre la ropa y sólo encontraba, una vez tras otra, el libro y la bolsa de aseo. La mano izquierda tuvo que encargarse sola del trazado de una curva más cerrada de lo previsto. Al menos, el bandazo había hecho aparecer el móvil entre sus dedos; sonrió mientras lo acercaba al oído: estoy llegando, Marina.
—Ha sido el típico beso ritual al que se entregan, apasionados, dos socios que acaban de cerrar una venta. ¿Eso es lo que ha pasado? ¿Es eso lo que le contarás mañana a Luis?
—Luis no tiene por qué saber nada, y tú me vas a jurar ahora mismo que no harás ninguna estupidez de las tuyas, que te conozco, …
Las voces le llegaban lejanas, mezcladas con el tintineo del hielo en el vaso de Marina —conocía de sobra esa cadencia con la que ella remachaba su disgusto—, pero nítidas contra el ruido de fondo. Arrojó el móvil contra la alfombrilla y maldijo las risas con las que tantas veces habían celebrado otras conversaciones robadas por esa manía de Marina de desactivar el bloqueo automático del teclado.
Pisó con furia el acelerador. La mano izquierda seguía trazando curvas y la derecha funcionaba a modo de escobilla sobre sus ojos.


Había conducido sin parar entre aguaceros, casi a oscuras, para acabar en aquel hotel siniestro, sin saber que esa iba a ser su última noche.
No podía creer que ella lo hiciera de nuevo. Se había vuelto a marchar sola. Era una cena de trabajo, le dijo, otro de esos congresos que de forma cíclica los separaba una y otra vez, cada vez más rotos.
Pero en esta ocasión había decidido seguirla, quería darle una sorpresa, comprobar si todavía existía magia entre ellos, si se alegraría de verlo.
Claro que también vería a su mejor amigo, Lorenzo, que por fortuna, siempre la acompañaba, ya que ambos eran socios de la empresa. Le tranquilizaba saber que estaba con él, que la protegía, la salvaguardaba de los acechadores.
Esta noche era distinta, no sabía por qué, pero una inquietud le había invadido desde la cabeza a los pies.
Esa misma desazón lo había puesto al volante sin pensarlo dos veces, y a pesar de las advertencias del temporal que se avecinaba, repetidas hasta el infinito en todas las noticias, salió a la carretera.

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