—Secuestro de una menor, conducción temeraria y desacato a la autoridad… ¡por sólo mil quinientos euros! Es una fianza ridícula, Luís, y bien sabes que no es la primera que pago por ti. Vamos a celebrarlo vaciando la bodega de ese maldito hostal que hay frente al taller, antes de que los paletos que están destrozando tu coche acaben con todas las existencias. Hoy dormiremos aquí y mañana, cuando te devuelvan el descapotable, iremos a reunirnos con Marina.
—¿Qué le has dicho, Lorenzo?
—Sólo lo que tú me pediste. Un camión te sacó de la carretera y necesitabas dinero para la reparación. Si es silencio lo que quieres, has llamado al número apropiado. No pienses más en eso y vamos a quemar este pueblucho de mierda. Por cierto, ¿te la tiraste?
Luís apretó tanto el puño dentro de la chaqueta que las uñas le marcaron cuatro gritos encarnados en la palma de la mano. Luego te mataré —pensó—, antes me apetece ahogar en bourbon esta sarta de miserias.
—¿Qué le has dicho, Lorenzo?
—Sólo lo que tú me pediste. Un camión te sacó de la carretera y necesitabas dinero para la reparación. Si es silencio lo que quieres, has llamado al número apropiado. No pienses más en eso y vamos a quemar este pueblucho de mierda. Por cierto, ¿te la tiraste?
Luís apretó tanto el puño dentro de la chaqueta que las uñas le marcaron cuatro gritos encarnados en la palma de la mano. Luego te mataré —pensó—, antes me apetece ahogar en bourbon esta sarta de miserias.
De los trescientos escasos habitantes que malvivían en ese pueblo sin nombre, más de la mitad abarrotaban a medianoche la cafetería del hostal, transformada por el humo y los neones en un antro surrealista, a caballo entre los delirios de Almodóvar y Tarantino. Seis copas ha tomado Luís, casi seguidas, antes de lanzar la pregunta fatal, antes del enfrentamiento del que ambos saldrán derrotados, humillados, vivos en el mejor de los casos. Pero una vez más habrá de esperar, interrumpida por un grito salido de las entrañas de la pista.
—¿Quién es el hijoputa que se ha querido tirar a mi hermana? —la música se detiene de repente y doscientos ojos apuntan hacia el final de la barra.
Marisa, o Ana o comoquiera que se llamase aquella lolita buscaproblemas, señala hacia Luís con un brazo extendido y el otro anclado a la cintura de un matón, una mole de casi dos metros y los hombros bruñidos a tatuajes.
Etiquetas: Yisus
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