Había conducido sin parar entre aguaceros, casi a oscuras, para acabar en aquel hotel siniestro, sin saber que esa iba a ser su última noche.
No podía creer que ella lo hiciera de nuevo. Se había vuelto a marchar sola. Era una cena de trabajo, le dijo, otro de esos congresos que de forma cíclica los separaba una y otra vez, cada vez más rotos.
Pero en esta ocasión había decidido seguirla, quería darle una sorpresa, comprobar si todavía existía magia entre ellos, si se alegraría de verlo.
Claro que también vería a su mejor amigo, Lorenzo, que por fortuna, siempre la acompañaba, ya que ambos eran socios de la empresa. Le tranquilizaba saber que estaba con él, que la protegía, la salvaguardaba de los acechadores.
Esta noche era distinta, no sabía por qué, pero una inquietud le había invadido desde la cabeza a los pies.
Esa misma desazón lo había puesto al volante sin pensarlo dos veces, y a pesar de las advertencias del temporal que se avecinaba, repetidas hasta el infinito en todas las noticias, salió a la carretera.

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