El hombre es grande, calvo y se acerca despacio, como un camión. Lleva en las manos una escopeta de caza vieja. La gente del pueblo les hace un corro.

—Tú eres el hijoputa.

—Ese, ese es— la mano de Marina señala. El rifle apunta acusador.

Luís mira de reojo a Lorenzo, que se ha levantado de la silla y se aleja poco a poco hacia atrás. Un muro de hombres se levanta entre ellos y la puerta; tienen las manos grandes y secas, camisetas raídas, sujetan latas de cerveza. Sólo queda mirar al matón a los ojos y negarlo todo:

—Oiga, que yo no soy. Yo que voy a ser.

Pero ya tiene frente a su cara el cañón levantado. El alcohol le hace no sentir miedo, tan sólo nota una urgencia sorda que surge de algún lugar bajo el estómago. El hombre calvo baja la escopeta y le apunta ala entrepierna, donde Luís, del miedo, del bourbon, exhibe una erección tremenda. El hombre apoya allí la escopeta, el dedo relajado en el gatillo: lo ha hecho más veces.

—Tú. Bájate los pantalones.

—Oiga, que yo no he hecho nada —aunque su voz es un susurro apenas creíble.

—Mi hermana dijo que el hijoputa tenía un lunar en la polla —la escopeta sube a la altura del cinturón, el cañón se refleja en la hebilla bruñida— vamos a ver tu lunar.

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