El móvil sonó; era ella. Luis había escogido una melodía de Satie para las llamadas de Marina; en su momento le pareció un buen preludio para la dulce marea en que su voz grave lo sumergía. Sin apartar la vista de los claros que las escobillas conseguían a duras penas dibujar en el parabrisas buscó a tientas en la mochila que descansaba en el asiento de al lado. No estaba en su sitio, en el bolsillo exterior, con las prisas debía de haberlo echado dentro. La mano derecha buceaba entre la ropa y sólo encontraba, una vez tras otra, el libro y la bolsa de aseo. La mano izquierda tuvo que encargarse sola del trazado de una curva más cerrada de lo previsto. Al menos, el bandazo había hecho aparecer el móvil entre sus dedos; sonrió mientras lo acercaba al oído: estoy llegando, Marina.
—Ha sido el típico beso ritual al que se entregan, apasionados, dos socios que acaban de cerrar una venta. ¿Eso es lo que ha pasado? ¿Es eso lo que le contarás mañana a Luis?
—Luis no tiene por qué saber nada, y tú me vas a jurar ahora mismo que no harás ninguna estupidez de las tuyas, que te conozco, …
Las voces le llegaban lejanas, mezcladas con el tintineo del hielo en el vaso de Marina —conocía de sobra esa cadencia con la que ella remachaba su disgusto—, pero nítidas contra el ruido de fondo. Arrojó el móvil contra la alfombrilla y maldijo las risas con las que tantas veces habían celebrado otras conversaciones robadas por esa manía de Marina de desactivar el bloqueo automático del teclado.
Pisó con furia el acelerador. La mano izquierda seguía trazando curvas y la derecha funcionaba a modo de escobilla sobre sus ojos.
—Ha sido el típico beso ritual al que se entregan, apasionados, dos socios que acaban de cerrar una venta. ¿Eso es lo que ha pasado? ¿Es eso lo que le contarás mañana a Luis?
—Luis no tiene por qué saber nada, y tú me vas a jurar ahora mismo que no harás ninguna estupidez de las tuyas, que te conozco, …
Las voces le llegaban lejanas, mezcladas con el tintineo del hielo en el vaso de Marina —conocía de sobra esa cadencia con la que ella remachaba su disgusto—, pero nítidas contra el ruido de fondo. Arrojó el móvil contra la alfombrilla y maldijo las risas con las que tantas veces habían celebrado otras conversaciones robadas por esa manía de Marina de desactivar el bloqueo automático del teclado.
Pisó con furia el acelerador. La mano izquierda seguía trazando curvas y la derecha funcionaba a modo de escobilla sobre sus ojos.
Etiquetas: Carmen
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