Se dirigió con paso decidido hacia el coche, pero al ver la cabina para caballeros, resolvió aliviarse.
Salió del baño agachado, cubriéndose de la lluvia, se encaminó al descapotable, ocupó el asiento del conductor y, mientras se ajustaba el cinturón de seguridad, pensó en la cara que pondría la chiquilla al advertir que se había marchado, claro que los cien euros le servirán de consuelo, se dijo.
Encendió el automotor y volvió a la carretera, la tormenta ahora arreciaba con más violencia, puso al máximo las escobillas y reflexionó en que todo lo que le había sucedido en esta noche había sido tan irreal.
¡Dios!, qué chiquilla tan tonta —balbuceó—, cambiar su nombre por el de Marina, y llevar la faldita tan corta que me hizo notar los zapatos, odiosos zapatos, y sus estupendas piernas largas. Se preguntó ¿qué tan bien bailará, será tan sensual como Marina, moverá sus caderas con ese ritmo erótico enloquecedor? Sintiéndose como un títere en manos de los vaivenes del destino, se lamentó: ¡Debí aceptar sus insinuaciones!
Sacudió su cabeza como para volver a la realidad y, amargado se dijo: ¿por qué diantre pienso así? Para contestarse de inmediato: —tampoco habría tenido estos pensamientos si no fuera por el cabrón de Lorenzo y la zorra de Marina, ¿qué estarán haciendo ahora, qué inventarán como excusa? Gesticuló, y con su mano derecha, limpió su frente como deseando borrar sus meditaciones. Su mente volvió a envolverse una vez más en una nebulosa que le impedía ver los acontecimientos con claridad.
Pisó una vez más con furia el acelerador, lo que hizo que el coche derrapara al entrar en una curva cerrada. Logró controlar el vehículo, gracias a su pericia, pero al mismo tiempo que el chirriar de las llantas, escuchó un grito agudo que provenía del asiento posterior, sus músculos se tensaron y una incómoda desazón le recorrió su cuerpo. Miró por el retrovisor y la vio, —con indignación le increpó:
--¿Qué demonios, haces aquí, cómo lograste subir al coche?
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