Detuvo el coche en el aparcamiento de un bar de carretera, las persianas estaban bajadas, pero todavía quedaban algunas luces encendidas en el interior. Desde una de las ventanas podía ver a la muchacha que se ocupaba de que todo estuviera listo para el día siguiente. En otras circunstancias se hubiera marchado sin más, pero no tenía el cuerpo para remilgos, cerro el puño y golpeó el cristal, la chica se acercó y abrió la ventana.

— Necesito un café.
— Lo siento, está cerrado.
—He tenido un día horrible y estoy empapado. Pagaré lo que sea.

Una sonrisa en los labios de la muchacha indicó a Luis que las negociaciones habían llegado a buen término.

—Siéntate dónde quieras, ahora te traigo el café.

Luis arrastró una silla y tomó asiento, a través de la ventana abierta la lluvia se colaba en el interior del local, y tuvo que levantarse a cerrarla de nuevo, cuando regresó a la mesa el café y la muchacha lo esperaban.

—Mi nombre es Ana — dijo La chica.
—Yo soy Luis, gracias por el café.
—¿Te importa que me haya sentado aquí?
—Por supuesto que no —afirmó Luis contrariado.
—El café es muy bueno, lo hago yo misma, pero la gente de por aquí no sabe apreciarlo.

Luis bebió un sorbo de café y asintió.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Ana.
—No sé a qué te refieres.
—Sí lo sabes, antes has dicho algo de un día horrible.
—Es una larga historia.
—Tengo todo el tiempo del mundo, además me gustan las historias largas.
—No te gustaría escucharla, sólo son cosas que pasan.
—Sí me gustaría —dijo Ana cambiando el gesto— lo que pasa es que piensas que soy una chiquilla entrometida, y no te acuerdas que hace un momento estabas en la puerta helado de frío, suplicando para que te dejara entrar, estás aquí porque tengo buen corazón, la personas con buen corazón dejan que un extraño entre en un bar después de la hora de cierre, y si tuvieras buen corazón me contarías la historia por laga que sea, a lo mejor sólo eres un mentiroso, y te has inventado el cuento ese de el día horrible para tomarte un café.
—Es cierto, he tenido un día horrible, creo que mi mujer se ha liado con un cabronazo, eso es todo.
—Si yo tuviera un coche como el que tienes en el aparcamiento no me preocuparía por eso, lo he visto antes desde la ventana.
—El coche —rió Luis— no es mío, todo es de la puta empresa, el coche, la casa, hasta Marina ha sido de la puta empresa todos estos años, de esos jodidos congresos, y allí estaba Lorenzo acechando como un ave de presa, esperando el momento de arrebatarme a Marina. Espera tu momento, siempre llega, eso me decía, espera tu momento. Casi me muero de risa cuando me dijeron que pretendían convertirse en vendedores de zapatos, me ofrecieron una participación en el negocio, pero estoy hecho de otra pasta.
—¿A que te dedicas? —interrumpió Marina.
—Soy un fracasado, un dramaturgo fracasado. Los estrenos pagados con dinero de la empresa, las ediciones de mis obras pagadas por la empresa, todo en vano, dinero arrojado a un pozo. Pero allí estaba siempre Lorenzo para decirme que no me preocupara, que el público acabaría por entender mis obras, que llegaría mi momento, paciencia Luisito, paciencia. Después de cada fracaso descorchábamos botellas de cava, y Marina bailaba descalza. No te preocupes, vendemos zapatos, miles de zapatos, millones de zapatos, construiremos una mansión de zapatos para el artista. Me gustaba ver a Marina borracha, me gustaba que dijera esas cosas, pero hace tres años que no escribo.
—No te queda café.
—Es cierto.

Luis se quedó mirando la taza vacía, como si tratara de adivinar el futuro en el fondo.

—Mi jefe guarda el whisky bueno en un armario, sé dónde está la llave.

Luis no tuvo tiempo de responder, Ana se levantó y desapareció tras la barra. Regreso con el whisky, los vasos, y un recipiente repleto de hielo hasta el borde.

—Una vez estuve en el teatro, prefiero el cine, pero lo que te ha pasado se parece a la obra que vi.

Luis la miró como si la estuviera mirando por primera vez, los ojos grandes y negros, la nariz recta, la falda corta que dejaba al descubierto los muslos.

—Es curioso —dijo Luis.
—¿Qué es curioso? —sonrió Ana.
—Tus zapatos también son suyos. El mamón de Lorenzo me dijo, ya verás Luisito, este modelo será un éxito, y te lo digo yo, que sé de qué hablo.

Ana estiró la pierna y puso el pie sobre la rodilla de Luis.

—¿Te gustan?
Sí, mucho —respondió Luis.
—No creo una sola palabra de lo que dices, esa milonga de los zapatos y esa carita de pena que parece que se te vayan a saltar las lágrimas, yo digo que lo tenías todo planeado desde el principio.
—No digas estupideces, no tenía nada planeado.
—Sí lo tenías, una pobre chica sola en un lugar apartado. Por eso inventaste lo del día horrible, y lo de tu mujer, y lo de los zapatos, para embaucarme, para darme de beber hasta que esté completamente borracha.
—Te recuerdo que la idea del Whisky ha sido tuya. Además, ¿para qué iba a querer emborracharte?
—Para violarme, por supuesto. Aquí mismo, sobre esta mesa.
—Ya tengo suficientes problemas, ¿no crees?
—Supongo que sí. Algunas veces, mientras recojo todo esto, pienso que un hombre que conduce un bonito deportivo de color rojo se cuela en el bar y me viola sobre la mesa, o encima de la barra, o en la cámara frigorífica, después me lleva lejos en su bonito coche.
—¿Dónde te lleva?
—A París, ¿has estado en París?
—Sí, una vez acompañé a Marina a un viaje de negocios, vende zapatos a los franceses y a los alemanes, vende zapatos a todo el mundo, en realidad fue divertido, éramos jóvenes y Marina siempre tenía tiempo para mí. ¿Cuántos años tienes?
—Tengo veintitrés.
—Entonces yo debo de ser un anciano, la semana que viene cumplo cuarenta y cuatro.
—No eres un anciano, eres un hombre muy guapo, la verdad es que no tengo buen corazón, te abrí la puerta porque eres guapo y elegante, y porque conduces un deportivo de color rojo.
—Ya te dije que el coche no es mío.
—Eso no importa.

Ana acercó la silla y puso las dos piernas sobre las rodillas de Luis, en la calle la tormenta arreciaba y el viento golpeaba con fuerza las ventanas y la puerta metálica del establecimiento.

—No conocí a mi madre, y mi padre me daba unas palizas de muerte, el día que murió sólo sentí alivio, todos tenemos problemas. ¿Cómo te enteraste de lo de tu mujer?
—Una casualidad, conducía hacia aquí cuando he escuchado una conversación a través del teléfono móvil, se habían besado, y Marina pedía a Lorenzo que no me lo contara. Quién sabe cuántas veces se habrán besado, quién sabe cuántas mentiras me habrá contado Marina. Es natural, siempre juntos, siempre con la empresa en la boca, un día u otro tenía que pasar.
—Pobre Luis, se te llenan los ojos de melancolía cuando cuentas estas cosas, siempre me ha gustado la melancolía.
—Una curva, un bandazo, el sonsonete de un teléfono móvil, y de repente tienes la realidad delante de las narices, un matrimonio roto, las mentiras, las conveniencias. Es como abrir los ojos y mirar al sol de frente, un maldito fogonazo de los que de verdad te deslumbran.
—¿En qué has pensado?
—¿Cuándo?
—Después del bandazo.
—La verdad es que no demasiado, al principio estaba furioso, dispuesto a presentarme en el hotel y partirle la cara a ese chacal con plumas, a montarle una escena a Mariana en la recepción, luego he pensado que tal vez sería mejor lanzarme al vacío por cualquier despeñadero con mi deportivo de color rojo. He visto las luces y he parado a tomar un café.
—En la obra de teatro que vi todo parecía casual, pero al final, las casualidades no eran casualidades. Yo no creo en las casualidades, todo sucede siempre por algún motivo. Los zapatos, el beso, el fogonazo, la llamada de teléfono, las luces encendidas....
—¿Qué quieres decir? —interrumpió Luis.
—Que si me hubiera marchado a la hora de siempre no habrías visto las luces, que el teléfono podría haber sonado en cualquier otro momento, que podría haber elegido otros zapatos, pero elegí precisamente estos. Quiero decir que ellos podían pensar que se besaban por amor, o por cualquier otra cosa, lo que no sabían es que se besaban para que tú vieras el fogonazo, para que sintieras la necesidad de tomarte un café, de golpear con el puño mis cristales.
—Lo entiendo, el beso, el fogonazo, el teléfono, eran los eslabones de la cadena que inexorablemente había de conducirme hasta esta silla.

Marina se deslizó hasta que estuvo sentada sobre las rodillas de Luis y pasó los brazos por detrás de su cuello.

—Me he acercado tanto porque debo confesarte algo, te he mentido, mi nombre no es Ana.
—¿Cómo te llamas entonces? —preguntó Luis.
—Marina, mi nombre es Marina.
—No te creo —afirmó Luis enfadado.

Marina lo abrazo, y susurró a su oído una verdadera letanía, como si las palabras repetidas pudieran acercarse más a la verdad.

—Es cierto, es cierto, es cierto, es cierto, es cierto, es cierto, lo juro, lo juro, lo juro, lo juro, lo juro.............................
—No tenías motivos para mentir, ¿por qué lo hiciste?
—No sé, cuando te vi, tuve la sensación de que no te gustaría escuchar ese nombre, pensé que era mejor llamarse Ana.

Marina abandonó el regazo de Luis, y volvió a sonreír.

—Esta tarde he comprado un vestido, eres un tipo elegante, y seguro que tienes un gusto excelente para los vestidos, espera aquí, ahora vuelvo.

Marina se alejó unos pasos.

—Luis, me gustaría pasear por Montmartre de la mano de un dramaturgo fracasado, ¿te gustaría llevarme a París? —dijo Marina—. Después desapareció tras la puerta.

Luis se quedó solo en el local vacío, el viento y el agua de lluvia golpeaban las ventanas, y el estruendo de un relámpago se escuchó en el aparcamiento. Fantaseó con la idea de otra Marina, de un nuevo viaje a París, imaginó a la muchacha, que un minuto antes estaba sentada en sus rodillas, desnuda sobre la cama en una las habitaciones del hotel Ritz. Cerró los ojos y vio los de la nueva Marina, sus labios, sus piernas, la piel aceitunada, los zapatos de tacón alto modelo Garibaldi. Podía largarse a Paris o a cualquier otra parte y disfrutar de un cuerpo que parecía concebido para el pecado, conocía las claves de los depósitos bancarios en Suiza, después de tantos años merecía una buena indemnización y sólo tenía que coger el dinero. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que lo del vestido había sido una excusa, un pretexto para dejarlo solo, para darle la oportunidad de escapar. No podía desaparecer por las buenas llevándose un dinero que no le pertenecía. No tenía nada, un matrimonio en crisis, una conversación que nunca debió escuchar, y un fogonazo, nada que justificara una locura como esa. Bastaría con pedir explicaciones, posiblemente había sacado las cosas de quicio, tal vez se trataba de un malentendido. También estaba ella, la antigua Marina, una mujer preciosa y confortable, definitivamente no tenía edad para recorrer el mundo del brazo de una muchachita de la que nada sabía, posiblemente sólo era una chica alocada dispuesta a largarse con el primer tipo apuesto que condujera un deportivo de color rojo. Esa historia de las casualidades estaba muy bien para el teatro o para una novelita de Corín Tellado, pero no dejaba de ser una verdadera estupidez, cosas que se dicen con un vaso de Whisky en la mano.
Luis escribió apresuradamente una nota en una servilleta de papel, dejó un billete de cien euros sobre la mesa y se encaminó hacia el aparcamiento.

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